Hemos leído y escuchado las lecturas relacionadas con la fiesta de Navidad. Los cristianos, vamos a recordar, vamos a celebrar, que hace algo más de dos mil años en Belén, nació un Niño de la Virgen María, en un lugar muy pobre.
Pero ese niño no era un niño cualquiera. A ese Niño, según hemos leído en el Evangelio, le pusieron dos nombres, los dos profundamente significativos: Uno es el de Jesús, según lo que el mismo Dios sugirió a José... "María dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de los pecados.
A partir del Nacimiento de Jesús nuestra vida y nuestra muerte deben tener un nuevo sentido, un nuevo enfoque.
Nuestra vida puede y debe tener la seguridad de que el Jesús de Belén es el Salvador de todos. El se puso a la cabeza de la caravana humana y nos ha llevado a todos a la "otra orilla", a la orilla del amor de Dios. El nos ha enseñado cosas importantes para darle sentido y orientación a nuestras vidas.
Por ello la muerte ya no es entrar en un callejón sin salida, sin horizontes, oscuro, sino que es llegar al país de la vida, de la luz infinita, de la salvación plena. Es el nacimiento a una vida nueva, completamente distinta de la actual, infinitamente mejor, donde vamos a saber lo que es vivir de verdad.
De ahí que la muerte de un ser querido hay que vivirla con ojos nuevos, con el corazón cargado de esperanza. En este sentido la muerte es la auténtica y definitiva Navidad del cristiano. Se pasa de esta vida que tenemos aquí, que es una vida débil, incompleta, llena de limitaciones, a una vida distinta que recibimos de Dios a la que llamamos " Vida Eterna".
Y termino con esta frase de un teólogo alemán: Navidad es la fiesta en que se celebra, no un acontecimiento pasado que ocurrió una vez y pasó, sino algo presente, que es al mismo tiempo comienzo de un futuro eterno que se nos acerca. Es la fiesta del nacimiento de la eterna juventud.
Para N. ya es Navidad y en ella ha quedado injertada la eterna juventud de Dios, la vida plena, la felicidad completa, en el seno, en la Casa de Dios nuestro Padre.
Pero ese niño no era un niño cualquiera. A ese Niño, según hemos leído en el Evangelio, le pusieron dos nombres, los dos profundamente significativos: Uno es el de Jesús, según lo que el mismo Dios sugirió a José... "María dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de los pecados.
A partir del Nacimiento de Jesús nuestra vida y nuestra muerte deben tener un nuevo sentido, un nuevo enfoque.
Nuestra vida puede y debe tener la seguridad de que el Jesús de Belén es el Salvador de todos. El se puso a la cabeza de la caravana humana y nos ha llevado a todos a la "otra orilla", a la orilla del amor de Dios. El nos ha enseñado cosas importantes para darle sentido y orientación a nuestras vidas.
Por ello la muerte ya no es entrar en un callejón sin salida, sin horizontes, oscuro, sino que es llegar al país de la vida, de la luz infinita, de la salvación plena. Es el nacimiento a una vida nueva, completamente distinta de la actual, infinitamente mejor, donde vamos a saber lo que es vivir de verdad.
De ahí que la muerte de un ser querido hay que vivirla con ojos nuevos, con el corazón cargado de esperanza. En este sentido la muerte es la auténtica y definitiva Navidad del cristiano. Se pasa de esta vida que tenemos aquí, que es una vida débil, incompleta, llena de limitaciones, a una vida distinta que recibimos de Dios a la que llamamos " Vida Eterna".
Y termino con esta frase de un teólogo alemán: Navidad es la fiesta en que se celebra, no un acontecimiento pasado que ocurrió una vez y pasó, sino algo presente, que es al mismo tiempo comienzo de un futuro eterno que se nos acerca. Es la fiesta del nacimiento de la eterna juventud.
Para N. ya es Navidad y en ella ha quedado injertada la eterna juventud de Dios, la vida plena, la felicidad completa, en el seno, en la Casa de Dios nuestro Padre.


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